Años…

«Cada edad tiene sus placeres, su razón y sus costumbres»

Nicolas Boileau

Habían pasado cuarenta y cinco años. Cuarenta y cinco años son muchos años. Ni siquiera sé porqué decidí coger un taxi e ir allí. Supongo que simplemente necesitaba perderme en los entresijos de nuestra historia. Podía vernos en aquel lugar, sentados todos en círculo, alrededor de una guitarra que le cantaba a la noche de verano, a la juventud, a las ganas, a la vida…

El lugar nos recibía siempre con unos metros de arena espumosa. Aroma a salitre y la temperatura perfecta, acompañada de la suave brisa del mar en verano. 

El ruido de nuestros pasos sobre la gravilla, indicaba que estábamos cerca. Un muro de rocas. Se escalaba con facilidad pero era lo suficientemente alto como para aumentar la intriga. Y arriba, te expandías. Se olía la libertad. El mar acariciaba la arena con firmeza. La luz rojiza del atardecer provocaba en el agua un color anaranjado. Se oía el sonido del horizonte en las olas y a alguna gaviota sobrevolaba nuestras cabezas con elegancia. A medida que avanzaba el tiempo el oscuro mar infinito se habría paso. Como la noche. 

El taxi había parado hacía un par de minutos y allí estaba yo, con mis zapatos hundidos en la arena intentando volver al pasado. Se estaba yendo el sol pero aún hacía un calor sofocante.  A los tres pasos tenía los zapatos llenos de arena y estaba sudando. Olía a pescado pero no hecho, crudo y medio muerto. Me tropecé con la gravilla y llegué al muro con una piedrecita clavándose en mi planta del pie. Me di cuenta de que el muro era de un tamaño estúpido, muy pequeño para escalar pero muy alto como para subir de un salto. Me hice sangre en el dedo. Y por fin, herido, lleno de tierra, sudando y sofocado, llegué arriba. Un molesto aire se me metía en los ojos. El sol se escondía lentamente. Me cegaba. Y parecía divertirse con ello. El ruido del aire, los estruendos de las olas y los gritos de las gaviotas me impedían oír mis propios pensamientos.

Y me senté, rendido y convencido. El que había cambiado era yo.

Ser libre

Se sentía conectado con la naturaleza… era feliz.

«¿Por qué? ¿Por qué lo destrozasteis todo?»

Cualquier niño del futuro

Pablo corría por el bosque entusiasmado. Saltaba, escondiéndose tras las sombras de los árboles, jugando a que no le alcanzaran los rayos del sol que se filtraban por el entramado de enormes ramas que se retorcían sobre su cabeza.

Perseguía a una ardilla, disfrutaba de las mariposas que revoloteaban a su alrededor; silbaba y cantaba, imitando la melodía del bello canturreo de los pájaros; respiraba hondo, como si tratara de retener los aromas del bosque en su interior; saludaba a los animales que se encontraba por el camino; corría rodeado de una manada de monos…
Era feliz.
Se le ocurrió una idea. Se detuvo. Miró hacia delante con picardía y comenzó a correr de nuevo.

A su paso las oscuras luces del bosque se fueron disipando, las altas copas de los árboles dieron paso a un brillante cielo azul salpicado de perfectas nubes blancas que bandadas de pájaros atravesaban formando dibujos en el cielo. La tierra húmeda, las rocas y la vegetación bajo sus pies dieron paso a largas extensiones de arena fina y blanca.
Pablo continuaba corriendo, con más fuerza que antes, precipitándose de una zancada a la otra…
Sentía los rayos de sol rebotar en su piel. Sentía las gotas de sudor brotar de sus poros. Sentía el fresco viento acariciar su rostro. Sentía la arena salpicar en sus espinillas.
Era feliz.

Pensó que estaba muy solo, se concentró y comenzó a oír tras de sí el ladrido de un perro. El labrador, de tamaño medio y pelaje beige, se puso a su altura. Corrían y trotaban juntos por la arena, saltando, riendo y aullando.
Era feliz.

Pablo volvió a levantar la cabeza y frente a sus ojos apareció una preciosa playa, aguas turquesas y cristalinas, al fondo montañas con la puntas nevadas y un precioso glaciar.

Corrieron hacia el agua. Llegaron a la orilla y Pablo se quitó la ropa. Volvió a pensar que estaba solo. Se giró a la derecha y vio a Melinda. Se acercaba a él y a la playa con sus preciosos andares, su pelo volando al ritmo de las ráfagas de viento y su hermoso rostro marfil iluminado por los rayos de sol.
Llegó hasta él y se quitó la ropa. Se cogieron de mano y entraron en el mar.
El ligero oleaje del mar les atraía y les empujaba mojándoles cada vez un poco más. Sintieron un escalofrío cuando el agua les llegó al pecho. Hundieron la cabeza y sintieron en sus oídos la presión.
Jugaron a salpicarse, a hacerse ahogadillas… se subían uno encima del otro haciendo torres y se lanzaban al mar. Llegaron nadando hasta el glaciar, jugaron con el hielo, con la nieve, sintieron la inmensidad, la libertad…
Y cuando empezó a caer el día se pusieron uno frente al otro, con el sol escondiéndose entre ellos por el horizonte. Se miraron a los ojos, se acariciaron la piel húmeda hasta provocarse escalofríos… y se fundieron en un cálido y húmedo beso, saboreando el salitre del mar en sus labios. Eran felices.

En ese momento se escuchó un pitido lejano que iba acercándose. La luz empezó a desaparecer, y Melinda, y el perro, y los pájaros, y los peces y el mar… y todo se fundió en negro. En medio la oscuridad se escuchó una voz robótica: «Ha superado su tiempo de ocio. Por favor reinicie el programa o deje disfrutar a otros usuarios».
Frente a Pablo aparecieron dos puertas, una azul en la que se leía «Reiniciar» y otra roja con un cartel que indicaba «Salir». Se dirigió a regañadientes hasta la puerta roja, colocó la mano sobre ella, abrió la puerta y salió.

Abrió los ojos y se encontró con el frío gris de la pared metálica de la cápsula de ocio a tan solo un palmo de su cara. Como era costumbre esperó unos minutos antes de moverse a que su cuerpo y su mente se hubieran recuperado del todo.
Cuando dejó de estar mareado, presionó el botón rojo que tenía cerca de su mano izquierda y la cápsula se abrió.

Anduvo cabizbajo y meditabundo entre las cápsulas cerradas en las que otros niños disfrutaban de su tiempo de ocio.

Salió de la nave y caminó por el gris pasillo, mientras varias pantallas a su alrededor anunciaban el último modelo de gafas 4D; atravesó la zona de deporte donde un grupo de niños corría en las pistas interiores de atletismo, mientras varias pantallas a su alrededor mostraban la cinta ergométrica con efecto patinaje sobre hielo; fue a la zona ajardinada y en el centro del jardín artificial vio a dos niñas jugando con el nuevo modelo de Robodog, tan moderno que imitaba a la perfección el comportamiento de un perro, mientras en las pantallas a su alrededor se anunciaban la última novedad en animales hiperrealistas de compañía, gato, perro, tortuga, periquito, conejo…
Siguió andando con la mirada perdida y llegó a la zona de agricultura y ganadería, unos enormes invernaderos donde varias personas elegían entre una gran variedad de frutas, verduras y carne sintética. Mientras, en las pantallas a su alrededor salían los últimos modelos de termomix para el hogar con creación de alimentos incorporada.

Siguió andando hasta que llegó al mirador, una gran ventana al exterior de diez metros de largo.
―¿Por qué? ¿Por qué lo destrozasteis todo?―dijo en voz alta.

En el cristal, sus ojos le devolvían una árida extensión de tierra seca y anaranjada, un desierto de nubes grises y polución, bajo un cielo negro y caótico. Y nada. La más absoluta, intensa e insoportable nada. Apretó la mandíbula con rabia y una lágrima se deslizó por su mejilla.

#elcambiosomostodos #COP25 #cambioclimatico #piensa

Cuenta una historia

«Escribir es la manera más profunda de leer la vida.»

Francisco Umbral 

Quería contar una historia. Sentía que tenía que hacerlo. Se sentó delante del papel en blanco. Nada. Continuó, ahí sentado, frente al papel… nada…

Permaneció sentado durante veinte días y veinte noches. 

Y finalmente, atemorizado ante la idea de no poder escribir una sola palabra, Timoti levantó la cabeza del papel y miró al anciano.

―Pero―dijo―¿y si no puedo contar una historia?

―¿Cómo no vas a poder contar una historia?―respondió el anciano―Todo el mundo puede contar una historia si conoce algún lenguaje. ¿Tú conoces algún lenguaje, no? Pues busca una historia y cuéntala. 

Timoti se quedó pensativo y el anciano se dio cuenta de que no estaba satisfecho con la respuesta. 

―Escribe una historia―continuó―las historias están a nuestro alrededor, dentro de cada persona, dentro de cada cosa… hasta el viento con su movimiento cuenta una historia sobre dónde estuvo y a dónde irá. 

Las historias simplemente son… y tú tienes que entrar en ellas, sentirlas, olerlas, vivirlas… y luego, sin más, contarlas. 

Yo las cuento con las palabras que sin más aparecen en mi cabeza. Las cuento con el corazón, las cuento con la piel y con la sangre… pero no me pertenecen, ni a mí ni a quien las lee. Ellas simplemente son. Y yo las uso… creo imágenes con ellas, imágenes que te llenan de amor, que te atemorizan, que te hacen desternillarte o que te sumen en la oscuridad… creo melodías con ellas, unas que van muy rápido, y, otras… otras, que pueden ir… despacio, mucho más despacio… porque la escritura es pasión, es imagen, es sentimiento, es historia y es música. Así que si no puedes escribir, canta, y cuenta una historia con tu voz, o baila, y cuenta una historia con tu cuerpo, o toca, y cuenta una historia con tus manos. 

Sea como sea no dejes de contar historias.

Es lo que somos. 

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