«Escribir es la manera más profunda de leer la vida.»
Francisco Umbral
Quería contar una historia. Sentía que tenía que hacerlo. Se sentó delante del papel en blanco. Nada. Continuó, ahí sentado, frente al papel… nada…
Permaneció sentado durante veinte días y veinte noches.
Y finalmente, atemorizado ante la idea de no poder escribir una sola palabra, Timoti levantó la cabeza del papel y miró al anciano.
―Pero―dijo―¿y si no puedo contar una historia?
―¿Cómo no vas a poder contar una historia?―respondió el anciano―Todo el mundo puede contar una historia si conoce algún lenguaje. ¿Tú conoces algún lenguaje, no? Pues busca una historia y cuéntala.
Timoti se quedó pensativo y el anciano se dio cuenta de que no estaba satisfecho con la respuesta.
―Escribe una historia―continuó―las historias están a nuestro alrededor, dentro de cada persona, dentro de cada cosa… hasta el viento con su movimiento cuenta una historia sobre dónde estuvo y a dónde irá.
Las historias simplemente son… y tú tienes que entrar en ellas, sentirlas, olerlas, vivirlas… y luego, sin más, contarlas.
Yo las cuento con las palabras que sin más aparecen en mi cabeza. Las cuento con el corazón, las cuento con la piel y con la sangre… pero no me pertenecen, ni a mí ni a quien las lee. Ellas simplemente son. Y yo las uso… creo imágenes con ellas, imágenes que te llenan de amor, que te atemorizan, que te hacen desternillarte o que te sumen en la oscuridad… creo melodías con ellas, unas que van muy rápido, y, otras… otras, que pueden ir… despacio, mucho más despacio… porque la escritura es pasión, es imagen, es sentimiento, es historia y es música. Así que si no puedes escribir, canta, y cuenta una historia con tu voz, o baila, y cuenta una historia con tu cuerpo, o toca, y cuenta una historia con tus manos.
Al salir la enfermera, cogí el espejo con cuidado, tomé aire y me miré.
Vi mi reflejo. Mis formas. Labios, nariz, cejas, orejas… ojos.
Vi mi reflejo. Y vi mis pupilas.
Y vi, en mis pupilas, el reflejo de mi reflejo mirando el reflejo de mi reflejo. Y en las pupilas de mi reflejo vi el reflejo de mi reflejo mirando el reflejo de las pupilas de mi reflejo.
Y vi una niña morir de pena. Y en los ojos de la niña vi el océano convirtiéndose en haces de luz. En nieve y en lluvia. Y en el charco que quedó de la lluvia vi las hojas rojas cayendo de los árboles en otoño. Y en la resina de los árboles de los que caían las hojas vi un perro hambriento de ojos tristes. Y en el reflejo de los ojos tristes del perro vi una tormenta de arena. Y en el grano de arena al sol vi una rosa pudrirse. Y en lágrima de la rosa vi a la enfermera entrando en mi habitación. Y en los ojos de la enfermera vi mi propio reflejo.
Vi mi reflejo.
Vi mis pupilas.
Y en el reflejo de las pupilas de mi reflejo vi el vacío. El vacío. Y me perdí.
«El amor. Claro, el amor. Un año de ardor y llamas y treinta de cenizas.»
Giuseppe Tomasi di Lampedusa
No sé si alguna vez te conté que mi abuela tenía un truco especial para hacer revuelto. Cuando era pequeño siempre que ella hacía revuelto yo iba a la cocina a ver todo su proceso.
Primero rompía el huevo y lo ponía en un bol.
Me fascinaba ver cómo era capaz de convertir ese líquido viscoso e incoloro, tan poco sugerente y con un círculo amarillo en el centro, en el mejor revuelto del mundo.
Con un tenedor removía un poco el huevo. No lo removía mucho, siempre decía que no lo quería marear, que no quería mezclar del todo sus partes y que al final acabará convirtiéndose en un líquido naranja homogéneo.
Simplemente lo removía, lo justo como para darle un poco la vuelta, mezclar ligeramente la clara con la yema y que el huevo se conociera a sí mismo, para que conociera todas sus partes.
Mientras removía suavemente, añadía un chorrito de leche. Decía que la leche le aportaba suavidad y dulzura. Luego echaba sal, siempre abundante. Decía que la sal era esa parte de alegría y salero que la vida siempre necesita.
Seguía removiendo despacio y añadía una pizca de pimienta. Lo justo como para dar un toque ligeramente excitante y divertido en la boca.
Más tarde, y aunque sorprenda, añadía un par de gotas de limón, muy poco, ni siquiera lo suficiente como para que dejara sabor o para que se notara la acidez. Ponía el justo.
Mucha gente no entendía porque le ponía limón al revuelto hasta que lo probaban.
Entonces se daban cuenta de ese toque ligero de frescor en la boca, ese sorprendente punto de frescura.
Por último, su ingrediente más secreto y el más especial. Era ese que le daba carácter al revuelto, el que le daba fuerza y lo hacía diferente.
Sin ese ingrediente, el revuelto de mi abuela no era el revuelto de mi abuela.
Una simple gota de aceite de trufa bastaba para que ese revuelto hiciera que una parte de tí viajará por el mundo de la mano de tu paladar.
Para terminar lo echaba al fuego. A una sartén ardiente con la cantidad exacta de aceite virgen extra.
Aceite que permitía al huevo fluir con gracia por la sartén e ir formándose poco a poco y convirtiéndose en algo más.
Tenía el revuelto al fuego muy poco rato y con el fuego muy fuerte, como un golpe de calor.
Decía que así se quedaba tierno por unas partes y rustido por otras y consiguiendo tener dos puntos en el mismo revuelto.
Ese revuelto te llevaba de vacaciones por la costa oeste del mediterráneo hasta la exótica india, haciendo que por el camino te enamoraras la bella Italia.
Sin embargo, a pesar de los nuevos toques que le añadía, el huevo siempre seguía siendo la parte esencial del revuelto, no perdía su sabor ni su identidad.
Al final simplemente parecía que todos esos ingredientes fueran capaces de potenciar en ese solitario huevo un sabor que él ya tenía dentro y que no sabía muy bien cómo sacar.
Mi abuela cogía ese huevo, en un bol, y hacía que se conociera a sí mismo, le añadía dulzura, alegría y salero, luego un toque excitante y divertido, una pizca de acidez y frescura y también fuerza y carácter. Y finalmente hacía que fluyera y lo convertía en algo formado por dos…
Desde que te fuiste soy un triste huevo en un bol. Vuelve, echo de menos ser mejor revuelto del mundo.
«Cual la generación de las hojas, así la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo, y la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: de igual suerte, una generación humana nace y otra perece.»
Homero
Y me quedé ahí, quieta, casi en apnea y con la boca entreabierta; con el corazón como único sentido.
La mirada fija en aquella obra maestra de la naturaleza y la mente en blanco, por miedo a escuchar mis propios pensamientos.
El roble del ángel seguía ahí, después de mil quinientos años, ajeno a la perplejidad que provocaba en aquellos que lo contemplaban.
Ese roble era el final de mi largo camino.
Observé su tronco, de un grosor descomunal, y cómo iba ascendiendo, dividiéndose en ramas que se retorcían con libertad en torno a él y creaban extrañas formas.
Eran tan gruesas que ni el hombre más alto hubiera podido rodearlas con sus brazos.
Observé una enorme raíz que sobresalía de la tierra, la que lo mantenía y lo alimentaba, y me sentí débil, leve, frágil, sola.
Yo había perdido mi raíz.
Sus hojas, en tonos verdes, acariciadas por los rayos del sol, formaban un arco brillante similar a una aureola. Sin embargo, en los entresijos de sus ramas, se adivinaba su lado oscuro, como si tras su sabia y bondadosa apariencia mantuviera oculto algún secreto inconfesable.
Era bello y luminoso, oscuro y peligroso a la vez; era casi humano.
Me senté con las piernas cruzadas delante del Roble del Ángel, hice unos pequeños agujeros en el suelo con mis manos, saqué la urna y, mientras entonaba con suavidad tu canción favorita, deje que las cenizas se deslizaran hasta mezclarse con la tierra.
Así fue como pasaste a formar parte de lo que nutre al árbol más fuerte y más longevo del mundo.
Le gustaba cocinar desnuda. Era prácticamente la única cosa libre y algo alocada que hacía. Y era el mayor de sus secretos.
Cocinando desnuda se sentía ella misma. No era mujer de, ni madre de, ni hermana de, ni hija de. Era ella.
Era solo ella. Tal y como vino al mundo.
El único momento en el que las decisiones que tomaba eran sólo por y para ella misma.
Ni su marido, ni sus padres, ni la sociedad machista y conservadora en la que vivía le decían que cambiara la música, ni que bajara el volumen, o que pusiera más sal, que pochara durante más tiempo la cebolla, o que añadiera más o menos eneldo, ni le prohibían poner una pizca de pimienta.
Era ella, sola, creando. Según sus propias reglas. Marcando sus propios límites.
En su día a día, tan metida en su papel de mujer ideal, de madre ideal y de hija ideal; nunca fue realmente consciente de que cocinar desnuda era un acto de rebeldía contra todo su mundo. Se decía a sí misma, que desnuda no pasaba calor en la cocina, o que así la ropa no cogía olor. Sin embargo, como un niño que esconde su tesoro más preciado, aguardaba el momento en que su marido se fuera a trabajar y ella volviera de llevar a los niños al colegio.
Y entraba en casa. Ya sonriente, sola y libre. Se ponía a cantar mientras iba quitándose la ropa, aún por el pasillo, entraba en la habitación y cogía su cassette de música favorito del segundo cajón de la cómoda, debajo de su ropa interior.
Iba a la cocina canturreando, ponía el cassette y empezaba a mover el pie dando golpecitos en el suelo a ritmo de “Another one bites the dust” Duru dum dum dum, durum dum dum dudum…
Let’s go! Daba unos pasos amplios y doblando la espalda de forma artística se agachaba a coger un par de cebollas del armario de abajo. Duru dum dum dum. Las picaba moviendo el culo de un lado a otro… durum dum dum dudum. Mientras removía el sofrito en la sartén, movía la cadera de forma sensual. Un golpe de cabeza y ¡zas!, añadía la carne picada. Yendo hacia la nevera a por el tomate triturado se cogía los pechos desnudos y los movía de arriba a abajo al ritmo de la música. Dum dum dum.
Y seguía partiendo y bailando, removiendo y bailando; cocinando y bailando. Sintiendo la música mientras está cambiaba, Wake me up before you go go, Billie Jean, Take on me, Walking on Sunshine, Like a Prayer, Forever Young…
Y luego, al terminar, cuando la comida estaba hecha, y ella exhausta, contenta y sudada; se duchaba y se ponía su vestido, sus tacones y su actitud discreta y correcta y volvía a la jaula que, sin saberlo, era para ella su vida.
Pero al día siguiente volvería a ser libre durante una horas y volvería a disfrutar un poco de su pequeño secreto, un pequeño secreto inconfesable, ya que las señoritas de bien no bailan así ni van por ahí en cueros.
«Todo el mundo es un genio. Pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil»
Atribuida a Albert Einstein
―¿Pero si es usted gris?―respondió el tendero―Aquí no necesitamos gris… a uno cuando entra en la tienda le gusta que le atiendan con alegría y vitalidad. Necesitamos naranjas, rojos, amarillos, verdes… lo siento mucho…
―Ya, ya comprendo. Gracias.
Ese día me había despertado gris, como todos los días desde hacía casi treinta años.
Era difícil ser gris. Ningún otro color quiere tener cerca al gris. El gris se transmite, se expande contagiando al resto de colores como una especie de neblina.
En todas partes, en las revistas, en los carteles de la calle… se veían naranjas, amarillos, rojos… resplandecientes, mostrando su luz y su felicidad. La calidez, felicidad y sexualidad que desprendían eran para mí solo un motivo más de tristeza. ¿por qué ellos eran así y yo no? ¿por qué yo era gris?
Nací blanco, como todos. Como un lienzo a la espera de ser diseñado y definido. Pero me fui enfriando y oscureciendo.
A nadie en el barrio le extrañó, ya que mi creador principal era un triste morado pálido y mi otro creador, se rumoreaba que al final de tanto intentar encajar se volvió negro.
Con eso… nadie esperaba nada diferente de mí.
Es curioso como uno sin darse cuenta acaba siendo lo que otros esperan.
Siendo gris era complicado tener amigos. A lo largo de mi vida conseguí tener de amigos a un azul oscuro y a un marrón.
Cuanto más tiempo pasábamos juntos más palidecían sus colores. Cuando dejamos de ser amigos ellos eran azul grisáceo y un marrón así tirando a color caca.
Tampoco era fácil encontrar una pareja. El rojo, que normalmente es un color con el que uno se familiariza cuando cumple los quince, se convirtió en un imposible para mí.
Me llegó la oportunidad a los 28, con un rojo oscuro, así como bermellón. La oscuridad lo perseguía pero tenía pasión y fogosidad. Sin embargo, poco a poco mi melancolía se le fue transmitiendo. Cuando terminamos la relación era una especie de granate oscuro pálido. Muy triste.
A mis 37 años, todavía no había conocido ningún color que pudiera estar conmigo.
Un par de años más tarde todo el mundo empezó a hablar del caso de un color que había conseguido superar los 10 años y seguir siendo blanco.
Blanco impoluto.
Con el tiempo los colores vivos pasaron a molestarme cada vez más. A mis 60 años era gris oscuro y estaba solo.
Un día estaba en el parque, al que siempre iba por costumbre no por gusto, cuando una voz sorprendió el ya acostumbrado silencio que acompañaba mi cotidiana y solitaria vida.
―Hola, buenos días.
Me giré y ahí estaba, era blanco. Debía tener 31 años, y aún era completamente blanco.
―Ho… hola. ¿qué tal?―dije con sorpresa.
―¿Por qué siempre te sientas aquí tú sólo?
―¿Cómo que porqué? ¿Es que no lo ves? Soy gris.
―Si claro que lo veo, pero sigo sin entender porqué te sientas aquí solo.
―Claro que no lo entiendes. Tu eres blanco, la vida debe ser completamente diferente para ti… ¿Cómo sabes que siempre me siento aquí solo? Nunca te había visto.
―Porque yo también vengo siempre aquí, pero me escondo.
―¿Por qué se iba a esconder alguien como tú?
―Todos los colores de acercan a mí para compartir conversaciones, vitalidad, alegría y luz… es difícil estar solo o estar en silencio…
En ese momento gris se descubrió así mismo sintiendo lástima de blanco, de ese blanco tan precioso y tan envidiado que resplandecía a su lado.
―Supongo que es normal, eres blanco, el único blanco. Yo soy gris, así que la soledad y el silencio son mi vida.
Blanco se giró y me miró.
―¿Sabes? – dijo con actitud distraída – El otro día me hablaron sobre unos seres que por la forma de su cara saben si son bonitos o feos, también me hablaron de otros seres que según su olor son mejores o peores… y otros que constantemente se suben a unas máquinas para saber cuánto pesan. Al parecer pesar mucho para ellos es algo malo y pesar poco es algo bueno.
―¿Cuánto pesan? ¿la forma de la cara? ¿El olor? ¿y cómo miden eso?
―No sé… al parecer unos tienen una unidad de medida y los otros seguramente algún cánon que indica qué es bonito o feo y qué huele bien o mal.
―Que tontería que algo que ellos mismos miden con un canon inventado defina toda su vida.
Ante esa frase blanco soltó una carcajada.
―¿De qué te ríes?
Pregunté algo molesto.
―Me sorprende que hayas llegado tan rápido a esa conclusión.
―¿Por qué te sorprende?
―Porque en realidad no somos tan diferentes a todos esos seres; toda tu vida ha estado marcada porque tú eres gris, igual que toda la mía marcada porque soy blanco.
Esa noche llegué a casa con un montón de nuevos pensamientos en la cabeza. Al día siguiente volvería a ver a blanco en el parque.
Me sentía diferente aunque no entendía porqué.
Y de repente, lo vi. En medio de mi gris, de ese gris que con los años se había vuelto oscuro y triste, había un destello blanco.
«Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo.»
Oscar Wilde
El 20 de marzo de 1999, a la edad de diez años, Maldcom se dio cuenta de que era diferente. No fue, sin embargo, consciente de la utilidad de su don hasta dos años después.
―No quiero entrar―le dijo el joven a su madre en la puerta de casa cuando volvían del colegio―,hay mentiras, sudor, vergüenza…
―Pero cariño, ¿qué dices? Si es nuestra casa, ¿por qué dices eso?
―Hoy apesta a roto, a rojo, a desconfianza, ¿no lo notas?, es un olor muy intenso… a gritos, a lágrimas, a un padre abandonando a su hijo…
―Cariño, ¿te encuentras bien?―la madre del joven Maldcom se asustó, pero pensó que la extraordinaria imaginación de su hijo le estaba jugando una mala pasada―Venga cariño entremos en casa que no pasa nada.
Al abrir la puerta, unos ruidos extraños provenientes del dormitorio principal llamaron su atención. Fue entonces, al ver a su marido en la cama con otra mujer, cuando la madre de Maldcom sintió las mentiras, la desconfianza, el dolor y la vergüenza de la que hablaba su hijo.
―Lo sabías, ¿no es así?―le preguntó su madre tras la tormenta.
―Alguna otra vez lo he olido… pero nunca había sabido lo que era.
Desde ese momento, en el que Maldcom se dio cuenta de la importancia de su don, se dedicó a practicarlo.
A los dieciocho años, sin salir de su casa, podía percibir el viciado aroma de los celos y la rabia que sentía su vecino, tres pisos más abajo, mientras esperaba impaciente a que su novia regresara a casa. Era una extraña mezcla entre sardinas, rosas putrefactas, chocolate y estiércol.
Simplemente saliendo a la calle, podía oler el punzante picor de una rodilla raspada por el asfalto: hierro, limón, gravilla y pimienta; o el salado sudor mezclado con el revitalizante aroma de la inocencia de los niños que jugaban en el parque de al lado de su casa; o la adoración que un bebé sentía por su madre: colonia fresca, comida caliente, comodidad, algodón de azúcar, seguridad, pan recién hecho y un ligero toque de leche agria.
Conoció a su primer amor en la universidad, antes de verla, noto la sutil fragancia del hogar, del jazmín que tenían en la terraza de su casa de la infancia, del césped recién cortado, de una alfombra delante de la chimenea, de noches de helado, de pasión… y supo que estaba enamorado.
Empezó a estudiar enología y pronto se dio cuenta de que las sutilezas que él captaba en el vino, como la desdicha que sentía el dueño del viñedo, el dolor de la mujer que dio a luz en la casa de al lado o la angustia de la rata que quedó atrapada en una trampa cerca de la barrica, eran, más bien, detalles desagradables para los demás.
Tuvo una vida larga y feliz, anticipándose mediante su olfato al dolor y disfrutando por adelantado de las cosas buenas que le deparaba la vida.
Y poco a poco fue percibiendo el profundo hedor de la muerte. Sabía que aún no era su momento, pero sentía esa pestilencia, acechándole desde la lejanía, acercándose. Al principio le olía a podredumbre, pero luego se acostumbró. Con el tiempo dejó temerlo, de ignorarlo, de evitarlo… y simplemente se sumergió en él. Descubrió entonces que detrás de ese olor espeso y maloliente se escondía el perfume del horizonte, del salitre del mar, de la hierbabuena y la lavanda, de la tierra mojada, del viento helado de las montañas, de la nostalgia, el amor y la pena, de una noche de cielo estrellado, de la risa, del calor de una mujer, de la selva espesa, de una vida plena, de la paz…
Sin más cerró los ojos y se preparó para oler por última vez.