
«La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene.»
Jorge Luis Borges
Morí la madrugada de un 27 de Noviembre.
Morí en una enorme cama, demasiado grande para albergar únicamente mí cuerpo delgado y cansado.
Morí tranquilo, en mi casa, en mi dormitorio.
Morí casi como todo el mundo cree que desearía morir, aunque me sentí tan vulnerable y desnudo como el día que llegué al mundo.
Viví.
Como todos creen que querrían vivir.
Viví…
Conocí tantas vidas que me hice tolerante y luego cínico.
Viví…
Viaje tanto y ví tantas cosas que perdí la capacidad de sorprenderme.
Tuve más de una casa.
Observe en los ojos de los demás la admiración, el respeto y la envidia.
También sufrí, aunque eso a nadie le importe.
Cumplí muchos de mis sueños.
Tuve suerte.
Tuve más de una mujer.
A veces fui felíz.
A veces fui desdichado.
Tuve buenos y malos amigos.
Reí. Lloré.
Y luego… simplemente empecé a morir.
Ví alejarse de mí lentamente el poder que me había acompañado durante toda mi vida.
Ví como se me escapaba de las manos mi propia autonomía.
Ví cambiar esas miradas de la admiración y el respeto a la pena.
Vi morir gente a la que quería.
Vi marchitarse mi cuerpo y mi mente.
Ví el mundo cambiar sin tenerme en cuenta.
Olvidé.
Olvidé esto y aquello.
Olvidé cosas que ya no recuerdo.
Lo olvidé todo.
Y luego…
Simplemente morí.