
«El amor. Claro, el amor. Un año de ardor y llamas y treinta de cenizas.»
Giuseppe Tomasi di Lampedusa
No sé si alguna vez te conté que mi abuela tenía un truco especial para hacer revuelto.
Cuando era pequeño siempre que ella hacía revuelto yo iba a la cocina a ver todo su proceso.
Primero rompía el huevo y lo ponía en un bol.
Me fascinaba ver cómo era capaz de convertir ese líquido viscoso e incoloro, tan poco sugerente y con un círculo amarillo en el centro, en el mejor revuelto del mundo.
Con un tenedor removía un poco el huevo. No lo removía mucho, siempre decía que no lo quería marear, que no quería mezclar del todo sus partes y que al final acabará convirtiéndose en un líquido naranja homogéneo.
Simplemente lo removía, lo justo como para darle un poco la vuelta, mezclar ligeramente la clara con la yema y que el huevo se conociera a sí mismo, para que conociera todas sus partes.
Mientras removía suavemente, añadía un chorrito de leche. Decía que la leche le aportaba suavidad y dulzura. Luego echaba sal, siempre abundante. Decía que la sal era esa parte de alegría y salero que la vida siempre necesita.
Seguía removiendo despacio y añadía una pizca de pimienta. Lo justo como para dar un toque ligeramente excitante y divertido en la boca.
Más tarde, y aunque sorprenda, añadía un par de gotas de limón, muy poco, ni siquiera lo suficiente como para que dejara sabor o para que se notara la acidez. Ponía el justo.
Mucha gente no entendía porque le ponía limón al revuelto hasta que lo probaban.
Entonces se daban cuenta de ese toque ligero de frescor en la boca, ese sorprendente punto de frescura.
Por último, su ingrediente más secreto y el más especial. Era ese que le daba carácter al revuelto, el que le daba fuerza y lo hacía diferente.
Sin ese ingrediente, el revuelto de mi abuela no era el revuelto de mi abuela.
Una simple gota de aceite de trufa bastaba para que ese revuelto hiciera que una parte de tí viajará por el mundo de la mano de tu paladar.
Para terminar lo echaba al fuego. A una sartén ardiente con la cantidad exacta de aceite virgen extra.
Aceite que permitía al huevo fluir con gracia por la sartén e ir formándose poco a poco y convirtiéndose en algo más.
Tenía el revuelto al fuego muy poco rato y con el fuego muy fuerte, como un golpe de calor.
Decía que así se quedaba tierno por unas partes y rustido por otras y consiguiendo tener dos puntos en el mismo revuelto.
Ese revuelto te llevaba de vacaciones por la costa oeste del mediterráneo hasta la exótica india, haciendo que por el camino te enamoraras la bella Italia.
Sin embargo, a pesar de los nuevos toques que le añadía, el huevo siempre seguía siendo la parte esencial del revuelto, no perdía su sabor ni su identidad.
Al final simplemente parecía que todos esos ingredientes fueran capaces de potenciar en ese solitario huevo un sabor que él ya tenía dentro y que no sabía muy bien cómo sacar.
Mi abuela cogía ese huevo, en un bol, y hacía que se conociera a sí mismo, le añadía dulzura, alegría y salero, luego un toque excitante y divertido, una pizca de acidez y frescura y también fuerza y carácter. Y finalmente hacía que fluyera y lo convertía en algo formado por dos…
Desde que te fuiste soy un triste huevo en un bol. Vuelve, echo de menos ser mejor revuelto del mundo.