El roble del Ángel

«Cual la generación de las hojas, así la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo, y la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: de igual suerte, una generación humana nace y otra perece.»

Homero

Y me quedé ahí, quieta, casi en apnea y con la boca entreabierta; con el corazón como único sentido.

La mirada fija en aquella obra maestra de la naturaleza y la mente en blanco, por miedo a escuchar mis propios pensamientos. 

El roble del ángel seguía ahí, después de mil quinientos años, ajeno a la perplejidad que provocaba en aquellos que lo contemplaban. 

Ese roble era el final de mi largo camino.

Observé su tronco, de un grosor descomunal, y cómo iba ascendiendo, dividiéndose en ramas que se retorcían con libertad en torno a él y creaban extrañas formas.

Eran tan gruesas que ni el hombre más alto hubiera podido rodearlas con sus brazos.

Observé una enorme raíz que sobresalía de la tierra, la que lo mantenía y lo alimentaba, y me sentí débil, leve, frágil, sola.

Yo había perdido mi raíz.

Sus hojas, en tonos verdes, acariciadas por los rayos del sol, formaban un arco brillante similar a una aureola. Sin embargo, en los entresijos de sus ramas, se adivinaba su lado oscuro, como si tras su sabia y bondadosa apariencia mantuviera oculto algún secreto inconfesable.

Era bello y luminoso, oscuro y peligroso a la vez; era casi humano.

Me senté con las piernas cruzadas delante del Roble del Ángel, hice unos pequeños agujeros en el suelo con mis manos, saqué la urna y, mientras entonaba con suavidad tu canción favorita, deje que las cenizas se deslizaran hasta mezclarse con la tierra.

Así fue como pasaste a formar parte de lo que nutre al árbol más fuerte y más longevo del mundo.

Así fue como te hice inmortal.

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