
Le gustaba cocinar desnuda. Era prácticamente la única cosa libre y algo alocada que hacía. Y era el mayor de sus secretos.
Cocinando desnuda se sentía ella misma. No era mujer de, ni madre de, ni hermana de, ni hija de. Era ella.
Era solo ella. Tal y como vino al mundo.
El único momento en el que las decisiones que tomaba eran sólo por y para ella misma.
Ni su marido, ni sus padres, ni la sociedad machista y conservadora en la que vivía le decían que cambiara la música, ni que bajara el volumen, o que pusiera más sal, que pochara durante más tiempo la cebolla, o que añadiera más o menos eneldo, ni le prohibían poner una pizca de pimienta.
Era ella, sola, creando. Según sus propias reglas. Marcando sus propios límites.
En su día a día, tan metida en su papel de mujer ideal, de madre ideal y de hija ideal; nunca fue realmente consciente de que cocinar desnuda era un acto de rebeldía contra todo su mundo. Se decía a sí misma, que desnuda no pasaba calor en la cocina, o que así la ropa no cogía olor. Sin embargo, como un niño que esconde su tesoro más preciado, aguardaba el momento en que su marido se fuera a trabajar y ella volviera de llevar a los niños al colegio.
Y entraba en casa. Ya sonriente, sola y libre. Se ponía a cantar mientras iba quitándose la ropa, aún por el pasillo, entraba en la habitación y cogía su cassette de música favorito del segundo cajón de la cómoda, debajo de su ropa interior.
Iba a la cocina canturreando, ponía el cassette y empezaba a mover el pie dando golpecitos en el suelo a ritmo de “Another one bites the dust” Duru dum dum dum, durum dum dum dudum…
Let’s go! Daba unos pasos amplios y doblando la espalda de forma artística se agachaba a coger un par de cebollas del armario de abajo. Duru dum dum dum. Las picaba moviendo el culo de un lado a otro… durum dum dum dudum. Mientras removía el sofrito en la sartén, movía la cadera de forma sensual. Un golpe de cabeza y ¡zas!, añadía la carne picada. Yendo hacia la nevera a por el tomate triturado se cogía los pechos desnudos y los movía de arriba a abajo al ritmo de la música. Dum dum dum.
Y seguía partiendo y bailando, removiendo y bailando; cocinando y bailando. Sintiendo la música mientras está cambiaba, Wake me up before you go go, Billie Jean, Take on me, Walking on Sunshine, Like a Prayer, Forever Young…
Y luego, al terminar, cuando la comida estaba hecha, y ella exhausta, contenta y sudada; se duchaba y se ponía su vestido, sus tacones y su actitud discreta y correcta y volvía a la jaula que, sin saberlo, era para ella su vida.
Pero al día siguiente volvería a ser libre durante una horas y volvería a disfrutar un poco de su pequeño secreto, un pequeño secreto inconfesable, ya que las señoritas de bien no bailan así ni van por ahí en cueros.