
«Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo.»
Oscar Wilde
El 20 de marzo de 1999, a la edad de diez años, Maldcom se dio cuenta de que era diferente. No fue, sin embargo, consciente de la utilidad de su don hasta dos años después.
―No quiero entrar―le dijo el joven a su madre en la puerta de casa cuando volvían del colegio―,hay mentiras, sudor, vergüenza…
―Pero cariño, ¿qué dices? Si es nuestra casa, ¿por qué dices eso?
―Hoy apesta a roto, a rojo, a desconfianza, ¿no lo notas?, es un olor muy intenso… a gritos, a lágrimas, a un padre abandonando a su hijo…
―Cariño, ¿te encuentras bien?―la madre del joven Maldcom se asustó, pero pensó que la extraordinaria imaginación de su hijo le estaba jugando una mala pasada―Venga cariño entremos en casa que no pasa nada.
Al abrir la puerta, unos ruidos extraños provenientes del dormitorio principal llamaron su atención. Fue entonces, al ver a su marido en la cama con otra mujer, cuando la madre de Maldcom sintió las mentiras, la desconfianza, el dolor y la vergüenza de la que hablaba su hijo.
―Lo sabías, ¿no es así?―le preguntó su madre tras la tormenta.
―Alguna otra vez lo he olido… pero nunca había sabido lo que era.
Desde ese momento, en el que Maldcom se dio cuenta de la importancia de su don, se dedicó a practicarlo.
A los dieciocho años, sin salir de su casa, podía percibir el viciado aroma de los celos y la rabia que sentía su vecino, tres pisos más abajo, mientras esperaba impaciente a que su novia regresara a casa. Era una extraña mezcla entre sardinas, rosas putrefactas, chocolate y estiércol.
Simplemente saliendo a la calle, podía oler el punzante picor de una rodilla raspada por el asfalto: hierro, limón, gravilla y pimienta; o el salado sudor mezclado con el revitalizante aroma de la inocencia de los niños que jugaban en el parque de al lado de su casa; o la adoración que un bebé sentía por su madre: colonia fresca, comida caliente, comodidad, algodón de azúcar, seguridad, pan recién hecho y un ligero toque de leche agria.
Conoció a su primer amor en la universidad, antes de verla, noto la sutil fragancia del hogar, del jazmín que tenían en la terraza de su casa de la infancia, del césped recién cortado, de una alfombra delante de la chimenea, de noches de helado, de pasión… y supo que estaba enamorado.
Empezó a estudiar enología y pronto se dio cuenta de que las sutilezas que él captaba en el vino, como la desdicha que sentía el dueño del viñedo, el dolor de la mujer que dio a luz en la casa de al lado o la angustia de la rata que quedó atrapada en una trampa cerca de la barrica, eran, más bien, detalles desagradables para los demás.
Tuvo una vida larga y feliz, anticipándose mediante su olfato al dolor y disfrutando por adelantado de las cosas buenas que le deparaba la vida.
Y poco a poco fue percibiendo el profundo hedor de la muerte. Sabía que aún no era su momento, pero sentía esa pestilencia, acechándole desde la lejanía, acercándose. Al principio le olía a podredumbre, pero luego se acostumbró. Con el tiempo dejó temerlo, de ignorarlo, de evitarlo… y simplemente se sumergió en él. Descubrió entonces que detrás de ese olor espeso y maloliente se escondía el perfume del horizonte, del salitre del mar, de la hierbabuena y la lavanda, de la tierra mojada, del viento helado de las montañas, de la nostalgia, el amor y la pena, de una noche de cielo estrellado, de la risa, del calor de una mujer, de la selva espesa, de una vida plena, de la paz…
Sin más cerró los ojos y se preparó para oler por última vez.